En consulta me encuentro a menudo con jóvenes que llegan cargados de dudas internas. No saben muy bien cómo explicarlo, pero sienten que algo dentro de ellos no encaja: miedos que se disparan sin motivo, frustraciones que les superan, explosiones de ira que luego se convierten en culpa. Lo curioso es que, a simple vista, desde fuera parecen jóvenes “normales”, con su vida escolar, sus amistades, sus actividades… y sin embargo, por dentro, viven en un torbellino que no les deja respirar.
Una madre me contaba hace poco que su hijo no quería ir al instituto. No porque tuviera malas notas, ni porque tuviera un problema concreto con los compañeros. “Es que me da miedo todo”, al parecer dice el chaval. …Miedo a hablar en clase, miedo a que se rían de él, miedo a no estar a la altura. Un miedo difuso e irracional, pero que acababa por teñirlo todo.
Y es aquí donde está uno de los puntos clave del trabajo terapéutico en psicología: entender de dónde viene el problema. A veces es el entorno escolar el que marca: burlas, exigencias, falta de integración. Otras veces es la dinámica familiar: expectativas, tensiones en casa, silencios que pesan. Y otras, simplemente, es el propio joven quien necesita aprender a poner nombre y sentido a lo que siente. La pregunta no es solo “qué está pasando”, sino “dónde está la raíz de lo que duele”.
En paralelo, está la frustración. Vivimos en una sociedad que todo lo quiere rápido: resultados inmediatos, amistades perfectas, la foto en redes que demuestra que eres feliz. Pero la vida real no funciona así. Cuando algo se tuerce (una nota más baja, una amistad que no cuaja, una decepción amorosa), algunos jóvenes reaccionan con rabia. Y esa rabia, si no se maneja, puede convertirse en un muro que aleja a los demás.
Y lo mismo ocurre con los brotes de ira. Muchos adolescentes se sienten después avergonzados de haber gritado, de haber dado un portazo, de haber herido con palabras a quienes quieren. Es entonces cuando aparece el círculo vicioso: la ira genera culpa, la culpa alimenta más miedo, y el miedo se convierte en frustración.
Convivir con las emociones negativas
En ese camino, algo esencial es recordar que el bienestar no consiste en eliminar las emociones negativas, sino en aprender a convivir con ellas. El miedo, la frustración y la ira son parte de la vida, pero no tienen por qué dirigirla. En consulta lo trabajamos poco a poco con terapia: aprendiendo a reconocer las señales, a respirar antes de reaccionar, a poner palabras donde antes había solo un nudo en la garganta.
No se trata de convertir a nadie en alguien “frío” o “perfecto”. Se trata de descubrir que dentro de uno mismo hay más recursos de los que pensamos. Que la calma se puede entrenar. Que es posible perdonarse los errores. Que relacionarse de manera sana con los demás empieza por relacionarse bien con uno mismo.
Y cuando un joven lo comprende, cuando logra dar ese paso (pequeño, pero enorme), la diferencia se nota y se recupera la confianza, la capacidad de mirar a los ojos, de compartir, de volver a sentirse parte de su entorno sin miedo constante.
El camino no siempre es fácil, ni rápido. Pero vale la pena. Porque lo que está en juego no es solo superar un miedo puntual o un brote de ira, sino aprender a vivir con uno mismo sin que las emociones negativas tomen el timón.
Ese es el trabajo más bonito que me toca desarrollar cada día como psicóloga. Acompaño a jóvenes y familias a desarrollar recursos internos en terapia para convivir mejor con sus emociones y con los retos de la vida diaria.
👉 Isabel Romero, psicóloga en Estepona. ¿Hablamos?